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Arte teatral del mejor nivel: Elena Roger en "Piaf"


ELENA ROGER: LA BELLEZA DEL DOLOR. EL ESPECTADOR TIENE LA SENSACIÓN DE ESTAR VIENDO A EDITH PIAF


CON SU INTERPRETACIÓN DEL "GORRIÓN DE PARÍS" EN "PIAF", LA ACTRIZ Y CANTANTE ARGENTINA LOGRA EL MILAGRO RESERVADO A POCOS ARTISTAS: CONVERTIRSE POR COMPLETO EN OTRA Y SER, A LA VEZ, ELLA MISMA.



Por su extraordinaria capacidad interpretativa, por su intuición para captar en un gesto lo esencial del personaje, por la potencia de su voz trabajada hasta en el más mínimo detalle y por su enorme entrega emotiva, el trabajo de Elena Roger en la piel de Edith Piaf resulta un verdadero acontecimiento teatral.

Ganadora del prestigioso premio Laurence Olivier por su composición de la célebre cantante francesa, elegida por Andrew Lloyd Weber para hacer el papel de Eva Perón en el musical Evita, la carrera de Elena Roger parece cimentada en una vocación feroz y en un sostenido esfuerzo por vencer dificultades e imponerse en el medio artístico a puro talento. Pero lo que ocurre en el escenario del teatro Liceo debe analizarse más allá de los logros de sus trabajos anteriores, que no son pocos, o de su perfección técnica a la hora de cantar las canciones que interpretaba Edith Piaf. Ese acontecimiento en el Liceo tiene que ver con el don inefable del talento. Sólo así se explica que el espectador tenga la sensación de estar viendo a Edith Piaf sobre el escenario. Sólo así se explica, además, que la belleza del dolor, tan presente en la vida de Piaf, alcance a conmover al espectador hasta hacerle olvidar que está en el teatro.

Es probable, claro, que nadie encuentre belleza en el dolor, o que crea que encontrarla es sinónimo de alguna afección psicológica. En el arte puede suceder todo lo contrario. De no ser por esa rara belleza que animaba al Gorrión de París, no se hubiera impuesto con tanta fuerza en el alma de toda una nación. Vivía, es cierto, entre los muros que suelen levantar las adicciones pero, al margen de cualquier moralina ridícula, su arte se imponía una y otra vez con la voluntad y el empeño que sólo ella solía poner en cada una de las travesías que emprendía. Coqueteaba con la muerte, es verdad, y la muerte la venció tempranamente, a los cuarenta y siete años. Pero cuando cantaba, era la vida misma la que surgía. En esos momentos luminosos, Piaf se elevaba por encima de sus propias debilidades y entonaba como nadie lo volvió a hacer nunca.

¿Qué había en ese cuerpo pequeño, golpeado, manipulado, amado y odiado? "No sabemos todo lo que puede un cuerpo", reza el célebre aforismo de Spinoza, pero sí sabemos lo que provoca en cada uno de nosotros. La transformación de Elena Roger en Piaf obedece a una compenetración absoluta con el personaje. La actriz argentina actúa con cada milímetro de su cuerpo, pero no se trata sólo de un trabajo técnico preciso. Hay en ella algo de monstruoso, en el sentido que le da Shakespeare a esa palabra cuando reflexiona sobre el trabajo del actor y le hace decir a Hamlet: "No es monstruoso que ese actor fingiendo, soñando solo una pasión, amolde el alma de tal modo a su capricho que por completo su rostro palidezca, viertan sus ojos lágrimas, todo por nada, todo por una vana ficción".

Elena Roger le presta su cuerpo a Edith Piaf en el escenario del Liceo. Con apenas treinta y cuatro años, la actriz ha logrado lo que algunas intérpretes buscan mucho más tiempo y no consiguen: ser otra y, a la vez, seguir siendo ella misma.

En nada se parece la vida de Edith Piaf a la de Elena Roger. El barrio de Barracas, donde Elena se crió, está muy lejos del París de la guerra que conoció la cantante francesa. Y conversar con Elena Roger es hacerlo con una joven sencilla, de modales delicados, apasionada por su trabajo y consagrada a él en cada una de las horas de su vida. Cuando tuvo la oportunidad de interpretar a Edith Piaf, vio todas las películas, hizo todos los viajes que había que hacer, buscó la perfección en un idioma que apenas conocía, leyó las biografías y los documentos que tuvo a su alcance sobre Edith Piaf y llegó a compenetrarse tanto con aquella criatura a la que buscaba que logró transformarse en ella al subir al escenario.

El teatro es cuestión de cuerpos. Y el cuerpo de Elena Roger aguardaba al de Edith Piaf. Ni la obra de Pam Gems ni la excelente dirección de Jaime Lloyd son las que producen el milagro del encuentro entre Roger y Piaf. Es en ese diálogo que entablan ambas de donde emerge la belleza del dolor, esa tristeza profunda que nos acerca a aquella nena que cantaba en las calles de París, criada entre prostitutas y mafiosos, pero capaz de levantar vuelo con una voz que hacía de la pena una de las formas de la belleza y que convertía el grito en un susurro de amor que la acercaba al cielo, el único lugar en el que podía vivir.

Por Osvaldo Quiroga
Fuente: ADN Cultura
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